Pese a que algunas cosas sobreviven al paso de los años, otras se vuelven casi obsoletas casi de un momento a otro, y sin que uno pueda hacer absolutamente nada por evitarlo.
Siempre he contado que comencé a aficionarme por la música desde muy pequeño, y que la navidad de cuando tenía
10 años pedí como regalo, en lugar de los habituales juguetes, la colección de
casetes de
Los Prisioneros. Pero eso solamente fue el comienzo, pues creo que la música se volvió aún más importante para mí cuando tenía
13 años y comencé a ir a las primeras fiestas. Y en ese entonces, cuando una canción te gustaba, no
"te la bajabas por internet", ni comprabas tu disco pirata. La internet no había llegado aún, y si lo había hecho, no era para nada masiva. Y en cuanto a los discos piratas, casi no habían porque todavía los quemadores no estaban tan difundidos como lo están ahora (y los que habían eran caros, más baratos que los originales, pero caros).

Comprar un disco original tampoco era siempre una buena alternativa: cada uno costaba como
$20, y en la mayoría de los casos uno quería una, dos o tres canciones de un disco, y era mucha plata para un chiquillo que no iba a disfrutar de todas las canciones. En particular yo, ahorraba de mis propinas para comprarme, al menos una vez al mes, un
casete original (los casetes piratas solían estar pésimamente grabados) que costaba alrededor de 20 soles. Y comprar un casete, para mí, era toda una
ceremonia: lo llevaba a mi casa, me iba a mi cuarto y lo ponía en la pequeña
radio casetera Aiwa que estaba junto a mi cama, escuchando (y disfrutando) una a una, todas las canciones.
Pero claro, debo reconocer que no todo era comprar casetes originales: a partir de los que ya tenía, y algunos otros que me prestaban, también preparaba mis famosos
casetes variados: de baladas, de rock en inglés, de rock en español. Compraba un casete cromado de
100 minutos, el de mayor duración y mejor sonido que podía haber, y luego preparaba con cuidado el contenido, pues dado que la cantidad de canciones que podía entrar era limitada, había que escoger cuidadosamente qué temas incluir en la selecta lista, y cuáles debían quedar fuera.
No quiero sonar como uno de esos viejos amargados que andan diciéndole a todos que
"en mi época todo era mejor". De hecho,
envidio muchas de las opciones que la tecnología le ha otorgado a los chicos de
esta generación, como la posibilidad de obtener las canciones que quieren oir casi en el momento. Es cierto, en aquellos años no teníamos esos medios, y claro que me hubiese gustado tenerlos. Pero nada quita el romanticismo maravilloso que yacía en el hecho de obtener la música con tanto trabajo; y definitivamente cuando algo cuesta más, lo disfrutas más. Y tal vez por eso, sigo guardando mis casetes con mucho cariño. Sí, aunque ya no los escuche.